La respuesta, según los especialistas consultados por Página/12 es “más social que médica”. Las ciencias médicas, explican, no son ciencias exactas, porque la solución a una enfermedad no solo depende de los métodos de prevención, las drogas o los tratamientos aplicados, sino también –y, sobre todo– de las características (historia clínica y presente) de las personas que los reciben.

“Siempre hay gente que no responde a la vacunas y ello también depende, más allá de las drogas, de las propias características de cada persona. No obstante, no implica un problema porque si el 80 o 90 por ciento de la población se vacuna, aquellas a las que no les funcionó también estarían protegidas”, dice Lozano, en referencia al denominado efecto rebaño. “Como la mayoría de las personas tiene inmunidad, el patógeno no consigue replicarse, por tanto, los brotes nunca terminan de producirse. Se genera algo así como un escudo”, completa. Por este motivo es que se suele definir a las vacunas como las tecnologías más solidarias que existen, porque “vacunándose uno mismo, también protege a los demás”, sintetiza el exrector de la Universidad Nacional de Quilmes.

Para Jaworski, “ninguna vacuna es completamente efectiva. De hecho, la efectividad se puede medir en distintos niveles». «Que alguien reciba una vacuna y directamente no se infecte es un ideal, pero casi no existe en el mundo de la salud. Lo más común es que las personas se inmunicen e igual se infecten, pero la enfermedad no pase a mayores”. En ese sentido es que Lozano sostiene que “a la gente le da pánico, pero (esa situación) sucede en todo momento». «Uno confía cuando el doctor receta una pastilla, o cuando entra a un quirófano, pero lo cierto es que no hay tecnologías médicas con éxito absoluto. La diferencia es que como las vacunas se las damos a individuos sanos para prevenir futuras infecciones, despiertan más temores. Pero hay que confiar, han salvado millones y millones de vidas”, remata.